Cuando me proponen dar un taller de teatro, siempre que puedo digo que sí. Centros sociales, institutos, colegios, asociaciones de mayores, centros de la mujer o clases abiertas al público… ahí me presento con mi pandereta y mi caja de herramientas. Da igual si son jóvenes, mayores, mujeres, hombres, niños, con o sin experiencia previa.
La otra vez, por ejemplo, se trató de dos grupos de estudiantes que estaban cursando la formación básica en Administración: primero y segundo. ¿Administración? Sí, Administración. Muchos pueden pensar: «No hay nada más lejos de la actividad teatral que la Administración». Sin embargo, muchas personas que acuden a mis talleres de teatro no es con el propósito de convertirse en actor o actriz.
Entonces, ¿a qué van los que van a un taller de teatro?

«Todo el mundo puede actuar…»
«Todo el mundo puede actuar, incluso los actores. En todos lados se puede hacer teatro, incluso en los teatros». Esa es una de mis citas recurrentes al momento de presentar el enfoque del taller. En este caso, el autor de la frase es el pedagogo teatral Augusto Boal (Brasil, 1931 – 2009). Al teatro nadie le es ajeno.
«Yo no sé si sirvo para esto», escucho muy a menudo en los centros sociales, asociaciones de mayores o centros de la mujer en donde imparto mis talleres a personas que prueban por primera vez el arte teatral. «Vamos a comprobarlo», suelo responder. Y en la primera sesión la respuesta cae por su propio peso: claro que sí. Porque desde el primer ejercicio comprueban que, al igual que todos, tienen el recurso fundamental para desarrollar sus propias capacidades expresivas. Ese recurso no es más ni menos que el cuerpo de cada uno.
Entonces el primer paso es desestructurar el cuerpo. Soltarlo y liberarlo de la rigidez, de los movimientos automatizados, de la memoria corporal que hemos ido fijando a lo largo de los años. En el taller de teatro dejo en claro desde el minuto uno que el cuerpo de cada uno es el centro o el recurso expresivo por excelencia. El cuerpo tal cual tenemos; fuera de toda idealización; aceptándolo tal cual es.
Entonces, poco a poco, parte por parte, la tarea es movernos de pies a cabeza, pasando por tobillos, rodillas, cadera, hombros… hasta los dedos de las manos y la punta del pelo. De esta manera, vamos tomando conciencia corporal, adentrándonos en el abanico de posibilidades expresivas que nosotros mismos ya poseemos. Y de repente se escucha otra orden: «caminar por el espacio».
A pesar de ser una actividad muy simple, al momento de sentirnos observados, el caminar nos resulta de lo más raro y por lo general los participantes comienzan a girar en círculo o seguir a una «mamá pato». Entonces se oye nuevamente mi voz: «No giro en círculos, no sigo a ninguna mamá pato». Y agrego: «Miro a los ojos de mi compañera o compañero cada vez que paso a su lado».
Hasta aquí ya vamos trabajando al menos tres aspectos del arte escénico: conciencia corporal, conciencia espacial y conciencia grupal.
Todo taller de teatro es un taller social
La siguiente parte es sintonizar al grupo en la misma frecuencia —todos jugamos en el mismo equipo—. Suelo usar una pandereta para que todos sigan el ritmo que marco. O propongo diferentes dinámicas. Una de ellas es la del «eco de palmas» o «gestos en evolución». El objetivo es que el grupo sea uno. Además, busco propiciar un clima de distensión y que nadie se quede sin entender que esto es un juego. Una de las claves del taller de teatro es olvidarnos de nuestra cotidianidad por un momento. Pausamos nuestro «yo diario» para entrar a un espacio-tiempo de exploración lúdica y expresividad colectiva. Offline total para estar online con nosotros mismos y con el grupo.
La cuestión grupal es fundamental. Es imposible hacer teatro en soledad. No existe tal cosa. Si es un monólogo, por dar un ejemplo sencillo, detrás del escenario contamos con la asistencia técnica en luces y sonido, con el programador que confió en nuestro espectáculo, con todo un equipo de gente que nos acompañó en el proceso creativo y de producción, etc. Y frente a nosotros contamos con la otra parte esencial: el público. Sin público no hay teatro que valga (desarrollaré este aspecto en otra ocasión).
Entonces, hay un momento en el taller en que divido la clase en dos grupos: uno en el espacio escénico y otro en el patio de butacas. De esta forma, mientras dos o tres compañeros pasan a actuar frente a los demás, quienes quedan como espectadores observan a sus colegas. Nadie se queda sin experimentar la mirada del otro.
Y aquí es donde, a mi modo de ver, ocurre la magia del teatro. De repente, alguien comienza a hacer algo y otro que ha estado observando se ve envuelto en una historia, observa el nacimiento de un personaje, o algo que simplemente sucedió y siente el impulso de compartirlo. Es en este instante abrimos el diálogo entre la actuación y la interpretación del espectador. A partir de las devoluciones de quienes han estado de público, el que ha pasado a actuar comienza a despojarse de la duda sobre su valía en este arte porque escucha en la voz del otro un mundo de cosas que él mismo ha brindado.

Comunidad y desarrollo personal
En una sola sesión de hora y media se puede experimentar lo que acabo de describir. Por supuesto, cuantas más sesiones uno puede dar, más desarrollo se puede ofrecer y apreciar mejor la evolución de las personas implicadas. Pero es así que a través de las consignas impartidas en el taller de teatro se trabaja una serie de habilidades que le serán útil a cualquiera que asista para cualquier momento de la vida —seamos o no consciente de ello—.
Esto se debe a que en cada actividad implica: escuchar mi cuerpo, estar presente en el aquí y ahora, mirar y escuchar al otro, expresarme con soltura, respetar la opinión de los demás, crear colectivamente y, sobre todo, permitirse un tiempo de juego teatral. En el taller de teatro es donde recuperamos la capacidad de juego, que toda persona tiene innato porque todos hemos sido niños o niñas, y dejamos de lado por un momento la rutina del día a día.



Mis talleres en activo actualmente son:
Centro de la Mujer del Barrio San Antonio (Molina de Segura)
Centro Las Balsas (Molina de Segura, en colaboración con AVESCO)
Centro Social de Lobosillos (En colaboración con el ayto de Murcia y Hábitat Cultural)
Centro Social de Valladolises (En colaboración con el ayto de Murcia y Hábitat Cultural)
Centro Social de Espinardo (En colaboración con el ayto de Murcia y Hábitat Cultural)
Próximamente:
Taller online de puesta en escena
Taller breve de teatro en el Centro Social de San Antonio (Molina de Segura) en octubre y noviembre de 2026 en el marco del programa «En Molina, la Cultura va por Barrios, Pedanías y Urbanizaciones».
Para saber más o contactarme para que pueda visitar tu Instituto, Colegio, Centro Social o para estar al tanto de mis talleres de teatro, puedes escribirme en este enlace:
https://diegodamianmartinez.blog/contacto/
También puedes ver las Muestras del taller de teatro en Las Balsas y otros trabajos en mi canal de YouTube:
https://www.youtube.com/@DDMTeatro
¡Espero verte en cualquier momento!